¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

ManuelB
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¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por ManuelB »

En el diario "El País" del día 26 de octubre de 2019 se publicó un articulo de Adla Cortina, catedrática de Ética y Filosofía cuyo enlace facilito:


https://elpais.com/elpais/2019/10/22/op ... 67869.html


He tenido dudas en colgarlo en "Política"...

Iba a resaltar lo más importante, pero tendría que referirme a casi todo el artículo.
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Masacroso
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Masacroso »

No puede tener fecha de caducidad algo que sólo se puso en rpáctica una vez hace miles de años en una poli griega. Lo que hay ahora no son democracias:

https://www.invidio.us/k8vVEbCquMw
Para una ética onto-payasa:
1) Que el patetismo de tus acciones quiera reflejar el absurdo universal
2) No digas malo sino gracioso
3) Evita la coulrofobia trascendental
4) El mundo es un circo, actúa en consecuencia
5) Cogito ergo rideo
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Nil
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Nil »

Considerando que en las polis griegas las mujeres no votaban, diría que son más democráticas las democracias actuales que las asambleas de entonces.
Spoiler: show
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Alexandre Xavier
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Alexandre Xavier »

De nuevo, Manuel B., ocurre que el artículo que citas es de pago y lo puedes leer tú, porque eres suscriptor... pero no, en general, los demás miembros de Sofos Agora.
Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo, correo electrónico trigrupo @ yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es). La imagen del avatar gráfico es una fotografía que me identifica realmente, no retocada, tomada en septiembre del año 2017.
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Nil
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Nil »

Alexandre Xavier escribió:De nuevo, Manuel B., ocurre que el artículo que citas es de pago y lo puedes leer tú, porque eres suscriptor... pero no, en general, los demás miembros de Sofos Agora.
Spoiler: show
Desde hace algunos años el mundo académico inunda las librerías y plataformas con títulos inquietantes, que auguran un mal futuro a la democracia. Contra la democracia (Brennan), Cómo mueren las democracias (Levitsky y Ziblatt) o El pueblo contra la democracia (Mounk) son algunos de ellos y todos convienen en alertar sobre una posible defunción de la democracia como episodio último de una historia que empezó a mediados del siglo pasado. Tras las dos guerras mundiales se generó un amplio consenso acerca de la superioridad de la democracia sobre cualquier otra forma de gobierno, consenso que no hizo sino reforzarse desde los años setenta al hilo de lo que Huntington ha llamado la tercera ola de la democratización. Pero en el cambio de siglo empezó a producirse una recesión, que, según Diamond, consistiría en que se congela el número de nuevas democracias, disminuye la calidad de las democracias en algunos de los países emergentes como democráticos, dando paso a nuevas formas de autoritarismo, y decrece la calidad democrática incluso en los países tradicionalmente democráticos.

Jürgen Habermas: la vía europea al cosmopolitismo (15/07/2019)

Ética de la inteligencia artificial desde Europa (06/06/2019)

Lo que Notre Dame dice sobre Europa (18/04/2019)

El índice de calidad de la democracia de The Economist 2018 arroja datos poco alentadores como los siguientes: de los 167 países analizados, 20 son democracias plenas, 55 son democracias imperfectas, 39 son regímenes híbridos y 53 son países autoritarios. De donde se sigue que el 43% de los países son democracias defectuosas y sólo el 5% de la humanidad vive en democracias plenas. Por si faltara poco, estudios como la Encuesta Mundial de Valores descubren un aumento del número de ciudadanos que da por bueno tener “un líder fuerte, que no moleste con Parlamentos o elecciones”, un Gobierno autoritario y expertos no elegidos, incluso están dispuestos a aceptar un Gobierno militar y a no respetar las normas democráticas. El afán de seguridad sería entonces un signo de los nuevos tiempos.

De todo ello se suele extraer un diagnóstico, ya generalizado: la democracia puede morir, y no por golpes de Estado, sino por depauperación y degradación silenciosas. Si en 1996 Linz y Stepan apuntaban que la estabilidad de la democracia liberal se ha debido en gran parte a su habilidad para persuadir a los votantes de sus ventajas, de que es “el único juego de la ciudad”, sucedería ahora que hay más juegos en competencia y la democracia ha perdido su atractivo. Pero ¿es verdad esto?

Evidentemente, la respuesta debe darse en cada contexto y en cada país, y en el caso de España no es así. Y no sólo porque es una democracia plena, en la que se respetan los derechos civiles y políticos, sino también porque el conjunto de la ciudadanía no cuestiona el valor de la democracia como forma de organización política. Lo que ocurre, sin embargo, es que aumenta la desafección hacia la política por dos razones al menos: porque no satisface las expectativas legítimas de la ciudadanía y porque los partidos políticos no merecen confianza. El problema es de credibilidad de la política existente, no de legitimidad del sistema. ¿Qué hacer?

Como primera providencia, mantener los pilares básicos de la democracia liberal, es decir, el imperio de la ley, la separación de poderes y las elecciones regulares desde el marco de un Estado constitucional de derecho. Pero también fortalecer los pilares del Estado social de derecho, de ese Estado de justicia, que protege los derechos civiles y políticos, pero también los económicos, sociales y culturales. Ciertamente, la democracia es sólo una forma de régimen político, y no una doctrina de salvación que pretende absorber la vida toda, pero está obligada a sentar las bases de lo justo que conforman lo que, a mi juicio, es una democracia liberal-social. Ésta sí que sería una democracia atractiva y estable, capaz de atender a las expectativas legítimas de los ciudadanos.

Frente al capitalismo estadounidense de corte neoliberal, capaz de producir riqueza, pero con inequidad, frente al capitalismo comunista chino, que se desentiende de los derechos humanos, la Unión Europea e Iberoamérica deben seguir apostando en serio por la economía social de mercado, por el crecimiento con equidad, que era —y es— la clave de la justicia y de la cohesión social. La atención cuidadosa a inmigrantes pobres y refugiados va de suyo, ayudando a erradicar las causas de los desplazamientos en los países de origen.

Según el barómetro del CIS del pasado mes de septiembre, si la primera preocupación de los españoles es el paro, la segunda son los políticos, los partidos y la política, que no parecen ocuparse de los intereses de la ciudadanía. Este problema, agudo en nuestro país, preocupa también en otros, hasta el punto de que están teniendo éxito los políticos virtuales. <TB>Recordemos cómo Michihito Matsuda, un robot ginoide, se presentó en abril de 2018 a las elecciones municipales de Tama New Town, en Japón, y quedó en un honroso tercer puesto en la segunda vuelta. ¿El secreto de su éxito? Según su creador, Matsumoto, el algoritmo podría sustituir las debilidades emocionales de los seres humanos, causa de malas decisiones políticas, corrupción, nepotismo y conflictos, por un análisis objetivo de datos sobre las opiniones, expectativas y preferencias ciudadanas. El sesgo emocional y motivacional de los seres humanos (el autointerés y la maximización del beneficio) les estaría arrastrando a la extinción; una inteligencia artificial sin rasgos emocionales sería capaz de predecir hechos y consecuencias y aplicar políticas basadas en el bien común.

El problema es de credibilidad de la política existente, no de legitimidad del sistema

Realmente, la medida parece atractiva en tiempos de política emotivista y polarizada si no fuera porque el hecho de que Michihito carezca de emociones no garantiza que sus decisiones estén exentas de sesgos. La ha creado una persona con un bagaje emocional que sin duda le ha traspasado sus sesgos; con el agravante de que averiguar la trazabilidad de sus decisiones es bien difícil, si no imposible. Pero sobre todo hay una pregunta crucial: ¿consiste la democracia en que un preferidor racional, contando con el cúmulo de big data y con un potente algoritmo matemático tome una decisión imparcial? ¿O la democracia debe ser un ejercicio de personas que expresan a través de ella su autonomía, participando en la vida pública y eligiendo representantes que se comprometen a buscar el bien común y a rendir cuentas?

Bien pensado, los políticos virtuales deberían valer para ciudadanas virtuales como Sophia, otro robot ginoide, que en 2017 obtuvo la ciudadanía saudí entre grandes protestas, dada la situación de las mujeres en el país. Sophia, igual que Michihito, carece de emociones y por eso ninguna de las dos nos sirve como gobernante y ciudadana de una sociedad democrática, sino sólo como ayuda en la toma de decisiones. La vida política humana necesita personas, hechas de razón y emociones, capaces de justicia y compasión.

Desde ellas es necesario que los gobernantes asuman su modesto papel de facilitadores de la vida pública, que los partidos dejen de ser agencias de colocación y presenten propuestas diferenciadas de lo que de verdad creen que quieren y pueden hacer para servir a la ciudadanía y que lo cumplan, que no viajen todos hacia los caladeros de votos con palabras vacías. Si pedimos a la inteligencia artificial que sea confiable, más aún hay que exigírselo a la política, que también tiene una ética.

Adela Cortina es Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Directora de la Fundación ÉTNOR.
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Tachikomaia
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Tachikomaia »

¿Seguro Alex?
Yo creo que puedo leer los artículos de ese diario que pone Manuel, pero tarda TANTO en cargarse que ya ni lo intento. Además hace que algunos textos del foro me desaparezcan y no vuelvan a reaparecer hasta que reinicie el navegador. Por supuesto se puede culpar a mi vieja computadora, lenta conexión de Internet o vieja versión de navegador, pero ocurre que casi cualquier página la puedo ver con normalidad, a menos que estén cargadísimas de propagandas como supongo es el caso.

Yo diría que Manu debería copiar la info y si quiere poner el link.


En cuanto al tema, me parece increíble tener un pensamiento tan similar al de Masacroso, incluso ese mismo video recomiendo aunque lo conocía de Youtube.

Y lo que dice Nil es relevante pero no quita que, con las correcciones necesarias, un sistema similar al que dice el video sería más democracia que lo que hay actualmente.
Si no puedes hacerlo, intenta primero hacer algo más simple aunque similar.
ManuelB
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por ManuelB »

No sé por qué unas veces se puede abrir y otras no. Creo que más tarde o más temprano todo se puede abrir. El problema creo que consiste en que yo cuelgo el tema demasiado pronto...
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Alexandre Xavier
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Alexandre Xavier »

Adela Cortina escribió:Desde hace algunos años el mundo académico inunda las librerías y plataformas con títulos inquietantes, que auguran un mal futuro a la democracia. Contra la democracia (Brennan), Cómo mueren las democracias (Levitsky y Ziblatt) o El pueblo contra la democracia (Mounk) son algunos de ellos y todos convienen en alertar sobre una posible defunción de la democracia como episodio último de una historia que empezó a mediados del siglo pasado. Tras las dos guerras mundiales se generó un amplio consenso acerca de la superioridad de la democracia sobre cualquier otra forma de gobierno, consenso que no hizo sino reforzarse desde los años setenta al hilo de lo que Huntington ha llamado la tercera ola de la democratización. Pero en el cambio de siglo empezó a producirse una recesión, que, según Diamond, consistiría en que se congela el número de nuevas democracias, disminuye la calidad de las democracias en algunos de los países emergentes como democráticos, dando paso a nuevas formas de autoritarismo, y decrece la calidad democrática incluso en los países tradicionalmente democráticos.

Jürgen Habermas: la vía europea al cosmopolitismo (15/07/2019)

Ética de la inteligencia artificial desde Europa (06/06/2019)

Lo que Notre Dame dice sobre Europa (18/04/2019)

El índice de calidad de la democracia de The Economist 2018 arroja datos poco alentadores como los siguientes: de los 167 países analizados, 20 son democracias plenas, 55 son democracias imperfectas, 39 son regímenes híbridos y 53 son países autoritarios. De donde se sigue que el 43% de los países son democracias defectuosas y sólo el 5% de la humanidad vive en democracias plenas. Por si faltara poco, estudios como la Encuesta Mundial de Valores descubren un aumento del número de ciudadanos que da por bueno tener “un líder fuerte, que no moleste con Parlamentos o elecciones”, un Gobierno autoritario y expertos no elegidos, incluso están dispuestos a aceptar un Gobierno militar y a no respetar las normas democráticas. El afán de seguridad sería entonces un signo de los nuevos tiempos.

De todo ello se suele extraer un diagnóstico, ya generalizado: la democracia puede morir, y no por golpes de Estado, sino por depauperación y degradación silenciosas. Si en 1996 Linz y Stepan apuntaban que la estabilidad de la democracia liberal se ha debido en gran parte a su habilidad para persuadir a los votantes de sus ventajas, de que es “el único juego de la ciudad”, sucedería ahora que hay más juegos en competencia y la democracia ha perdido su atractivo. Pero ¿es verdad esto?

Evidentemente, la respuesta debe darse en cada contexto y en cada país, y en el caso de España no es así. Y no sólo porque es una democracia plena, en la que se respetan los derechos civiles y políticos, sino también porque el conjunto de la ciudadanía no cuestiona el valor de la democracia como forma de organización política. Lo que ocurre, sin embargo, es que aumenta la desafección hacia la política por dos razones al menos: porque no satisface las expectativas legítimas de la ciudadanía y porque los partidos políticos no merecen confianza. El problema es de credibilidad de la política existente, no de legitimidad del sistema. ¿Qué hacer?

Como primera providencia, mantener los pilares básicos de la democracia liberal, es decir, el imperio de la ley, la separación de poderes y las elecciones regulares desde el marco de un Estado constitucional de derecho. Pero también fortalecer los pilares del Estado social de derecho, de ese Estado de justicia, que protege los derechos civiles y políticos, pero también los económicos, sociales y culturales. Ciertamente, la democracia es sólo una forma de régimen político, y no una doctrina de salvación que pretende absorber la vida toda, pero está obligada a sentar las bases de lo justo que conforman lo que, a mi juicio, es una democracia liberal-social. Ésta sí que sería una democracia atractiva y estable, capaz de atender a las expectativas legítimas de los ciudadanos.

Frente al capitalismo estadounidense de corte neoliberal, capaz de producir riqueza, pero con inequidad, frente al capitalismo comunista chino, que se desentiende de los derechos humanos, la Unión Europea e Iberoamérica deben seguir apostando en serio por la economía social de mercado, por el crecimiento con equidad, que era —y es— la clave de la justicia y de la cohesión social. La atención cuidadosa a inmigrantes pobres y refugiados va de suyo, ayudando a erradicar las causas de los desplazamientos en los países de origen.

Según el barómetro del CIS del pasado mes de septiembre, si la primera preocupación de los españoles es el paro, la segunda son los políticos, los partidos y la política, que no parecen ocuparse de los intereses de la ciudadanía. Este problema, agudo en nuestro país, preocupa también en otros, hasta el punto de que están teniendo éxito los políticos virtuales.
Recordemos cómo Michihito Matsuda, un robot ginoide, se presentó en abril de 2018 a las elecciones municipales de Tama New Town, en Japón, y quedó en un honroso tercer puesto en la segunda vuelta. ¿El secreto de su éxito? Según su creador, Matsumoto, el algoritmo podría sustituir las debilidades emocionales de los seres humanos, causa de malas decisiones políticas, corrupción, nepotismo y conflictos, por un análisis objetivo de datos sobre las opiniones, expectativas y preferencias ciudadanas. El sesgo emocional y motivacional de los seres humanos (el autointerés y la maximización del beneficio) les estaría arrastrando a la extinción; una inteligencia artificial sin rasgos emocionales sería capaz de predecir hechos y consecuencias y aplicar políticas basadas en el bien común.

El problema es de credibilidad de la política existente, no de legitimidad del sistema

Realmente, la medida parece atractiva en tiempos de política emotivista y polarizada si no fuera porque el hecho de que Michihito carezca de emociones no garantiza que sus decisiones estén exentas de sesgos. La ha creado una persona con un bagaje emocional que sin duda le ha traspasado sus sesgos; con el agravante de que averiguar la trazabilidad de sus decisiones es bien difícil, si no imposible. Pero sobre todo hay una pregunta crucial: ¿consiste la democracia en que un preferidor racional, contando con el cúmulo de big data y con un potente algoritmo matemático tome una decisión imparcial? ¿O la democracia debe ser un ejercicio de personas que expresan a través de ella su autonomía, participando en la vida pública y eligiendo representantes que se comprometen a buscar el bien común y a rendir cuentas?

Bien pensado, los políticos virtuales deberían valer para ciudadanas virtuales como Sophia, otro robot ginoide, que en 2017 obtuvo la ciudadanía saudí entre grandes protestas, dada la situación de las mujeres en el país. Sophia, igual que Michihito, carece de emociones y por eso ninguna de las dos nos sirve como gobernante y ciudadana de una sociedad democrática, sino sólo como ayuda en la toma de decisiones. La vida política humana necesita personas, hechas de razón y emociones, capaces de justicia y compasión.

Desde ellas es necesario que los gobernantes asuman su modesto papel de facilitadores de la vida pública, que los partidos dejen de ser agencias de colocación y presenten propuestas diferenciadas de lo que de verdad creen que quieren y pueden hacer para servir a la ciudadanía y que lo cumplan, que no viajen todos hacia los caladeros de votos con palabras vacías. Si pedimos a la inteligencia artificial que sea confiable, más aún hay que exigírselo a la política, que también tiene una ética.

Adela Cortina es Catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y Directora de la Fundación ÉTNOR [Ética de los negocios y las Organizaciones Empresariales].
Primero, gracias a Nil por copiar el artículo de Adela Cortina.
Ahora, al fondo.
Esta señora puede decir misa; de hecho, es católica y, cuando se autorice que las mujeres casadas, como ella, sean papisas u obispas, podrá decir misa... o sostener que España es una democracia plena, en la que se respetan los derechos civiles y políticos.
¡Y un cuerno!
Quienes no son, como ella, unos privilegiados pertenecientes al uno por ciento superior de la población, no tienen ni tendrán nunca empleos estables y relativamente bien pagados, ni acceso preferente a los medios de comunicación, ni posibilidad de ocupar cargos políticos electivos relevantes.
En España, cuando se acusa a un inocente que además es un pringado, lo condenan sin pruebas, sin más que una declaración de algún agente de la autoridad cuya palabra falsa vale más que la del acusado inocente, rompiendo así la patraña ésa de la igualdad ante la ley... y a la cárcel con el pringado inocente. En cuanto al juez que lo condenó, salvo volarle la cabeza a tiros, es intocable.
En España, la mafia de los partidos políticos, todos, de derechas o de izquierdas, nacionalistas catalanes o nacionalistas periféricos, mantiene un férreo control del poder que se reparten los políticos profesionales. Y los temas importantes, como la superpoblación, la automatización de la producción (que hace inviable para siempre el pleno empleo) o la inmigración masiva... se silencian o se distorsionan radicalmente, como hace la derecha autoritaria con la inmigración masiva: distorsionar gravemente ese problema hasta hacer imposible su solución.
Al final, no lo olvidemos, Adela Cortina preside la Fundación ÉTNOR, Ética de los negocios y las Organizaciones Empresariales. Y, obviamente, esta organización está para dar un lavado de cara liberal, centrista o socialdemócrata a esa clase privilegiada a la que pertenece Adela Cortina y cuyos privilegios, claro está, ella misma justifica ideológicamente día tras día.
La sencilla verdad es que nadie puede ser multimillonario con una ética aceptable. Mil libros de ética de Adela Cortina silenciarán esto, no hablarán de esto... porque decirlo sería una mentira tan grande que a esta filósofa pagada le reventaría en la cara.
España no es una democracia. Si queremos que España llegue a ser una democracia, primero tenemos que hacer la revolución.
Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo, correo electrónico trigrupo @ yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es). La imagen del avatar gráfico es una fotografía que me identifica realmente, no retocada, tomada en septiembre del año 2017.
ManuelB
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por ManuelB »

Alejandro Javier:

Tu visión de la España actual no es la que dices sino la de la dictadura franquista.

La soberanía reside en el pueblo español del que emanan todos los poderes del Estado. Y el pueblo vota y decide, y no precisamente las barbaridades y soluciones en las que crees tú.
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Meta-Barón
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Re: ¿Tiene la democracia fecha de caducidad?

Mensaje por Meta-Barón »

Claro que tiene fecha de caducidad. Por eso hay tanto tanque, para defenderla.

Sino cada uno haría lo que le da la gana.
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