Coronavirus y el mito de la solidaridad

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Serge
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Coronavirus y el mito de la solidaridad

Mensaje por Serge »

En muchos de los periódicos o noticiarios televisados leemos u oímos con notable proliferación el término solidaridad. Ahora bien, ¿qué se está queriendo decir con ello? Esta pregunta es planteada al observar el uso indiscriminado que se hace de dicha idea, que, por lo general, se presenta en abstracto, eliminando en muchos de los casos aquellos componentes polémicos que incorpora para quedarse con algunos puramente armónicos.

A continuación, se desarrollará una crítica a la filosofía monista de la solidaridad que inunda nuestros días en un momento tan decisivo y complicado de nuestra historia, con frases como: “la solidaridad mata al virus”, “se solidario”, “son días en los que la solidaridad crece”, “explosión de solidaridad”, “la solidaridad es la ternura de los pueblos”. El sentido crítico viene precisamente de la aplicación de una clasificación, en nuestro caso, establecida ya desde el materialismo filosófico, a fin de mostrar tipos disyuntivos de solidaridad que puedan considerase incompatibles entre sí.

Alguno de los aspectos que se van a plantear intersecan con muchas de las cuestiones que ya han sido planteadas por otros autores de la escuela. Esto podrá ser visto como una debilidad. Sin embargo, lo que realmente demuestra, a nuestro juicio, es cómo trabaja una escuela, a saber, desde un sistema filosófico que permite analizar las distintas escalas que conforman la “realidad”. No todos estarán de acuerdo plenamente con lo que se dice, pero se trabaja con capacidad suficiente para salir al paso ante una realidad in fecta como la que estamos viviendo, que, por desgracia, asola todo el planeta. Asimismo, lo que aquí se realiza no es mera improvisación dando palos de ciego como han hecho algunos intelectuales o dirigentes ante lo que se les ha venido encima. Si han dado palos de ciego, creemos, es porque no disponen de un mapa de coordenadas desde el que trazar los planes y programas, sino que van saliendo al paso desbrozando lo que se les presente, sin un criterio bien establecido; quitando tanto rastrojos como frutos.

Lo que se analizará, por tanto, es la solidaridad como idea filosófica. Idea que recorre todo el mundo, aunque claro, de maneras diferentes. Pero nos llama especialmente la atención Europa, por ser la más duramente castigada hasta hoy; y nos llama la atención porque lleva arrastrando consigo componentes contradictorios durante los 15 años que llevamos después de aprobarse el Tratado europeo –Tratado, que no Constitución–.

Por lo que, no nos dirigimos contra las conductas que se presentan fenoménicamente solidarias. Sólo un loco podría considerar que muchas de las conductas normativas de generosidad y firmeza que se están llevando a cabo estos días entre ciertas partes a otras puedan ser tildadas de inútiles, inservibles o ridículas. Conductas, no hay que olvidar, han sido moldeadas dentro de unas costumbres determinadas –morales diríamos–, implantadas políticamente –a escala estatal–.

Sin embargo, la solidaridad se dice de muchas maneras. Nosotros, desde una perspectiva materialista, sostenemos que la solidaridad tiene sentido cuando queda incardinada dentro de parámetros grupales (diaméricos), es decir, cuando va referida a grupos –o partes– enfrentados en torno a un tercero (solidaridad polémica, diríamos), o, en el límite, todos los seres humanos luchando contra un tercero, en nuestro caso, contra la expansión del SARS-CoV-2 (o más conocido como coronavirus o COVID-19). Solidaridad que no negamos.

El problema comienza, creemos, cuando la idea de solidaridad se extiende de manera genérica a otros terrenos, por ejemplo, a lo económico, político, sin especificar parámetro alguno, incluso religioso –hay quien pretende hacer frente al coronavirus desde la fe. Para ello se recurre a estampitas o amuletos religiosos. Así se ha mostrado, por ejemplo, Andrés Manuel López Obrador actual presidente de Méjico–. Una vez desbordado el campo epidemiológico, biológico o estrictamente sanitario si se quiere –técnicas operatorias para evitar, cuidar, frenar la expansión o para curar a los enfermos– se suele desdibujar, con mucha facilidad, el concepto de solidaridad.

La idea de solidaridad, de manera muy breve, aparece acuñada por Pedro Leroux (1797-1871) alrededor de 1836, aunque ya era usada por otros autores en otros contextos (Cournot, Donoso Cortés, Comte, Durkheim). El objetivo de Leroux, según nos indica el propio autor, fue sustituir la caridad cristiana por una solidaridad humana. Una solidaridad de carácter jurídico, no obstante, destilando un claro armonismo entre todos los hombres. Armonismo que supone una reducción a la perspectiva de la cohesión entre las partes del todo. De manera similar, aunque matizable, aparece en autores como León Bourgeois, cuyo fundamento tendrá que ver con la naturaleza de una deuda legal (que no solo moral). Solidaridad que irá extendiéndose a través de la sociología positivista o de la psicología. Esta última apelará a un “sentimiento de solidaridad” inscrito, como un imperativo categórico, en el corazón de los ciudadanos; o por poner un ejemplo reciente antes indicado: “la solidaridad es la ternura de los pueblos”.

En este período, en el que Leroux acuña la idea de solidaridad, aparece también otro autor importante para lo que aquí nos incumbe, a saber, Juan Snow (1813-1858). Snow desarrolló la epidemiología al encontrar las causas del cólera –ésta se transmite por las heces– logrando frenar una epidemia. De lo que se trataba era de determinar qué tipo de población estaba en riesgo. En resumidas cuentas, trató de establecer qué determinantes estaban actuando en algunas poblaciones para contraer o no enfermedades. Tarea que llevó a cabo con tablas de expuestos/no expuestos, haciendo trabajo de campo (diría la sociología){1}.

Mostraremos aquí algunos ejemplos que encajarían dentro de las 32 modulaciones de la idea de solidaridad que Bueno desarrolló en su artículo: Proyecto para una trituración de la Idea general de Solidaridad (2004){2}. Señalaremos las más comunes en estos días, que se mueven principalmente, aunque no de manera exclusiva, en la categoría humanística.

Un ejemplo de ello sería el epidemiólogo que está en el laboratorio describiendo las causas de la transmisión del SARS-CoV-2, analizando cómo penetra el coronavirus en las células humanas consiguiendo infectarlas. Infección vírica producida porque estaría inhibiendo la respuesta de defensa del hospedador. Al parecer, esto ocurre cuando la proteína vírica se une a la ACE2 (según se ha publicado en la revista Science). Estaríamos ante una modulación de la solidaridad que podría inscribirse en el cuadro (10); solidaridad categorial (epidemiológica) neutral, que recae sobre la cohesión isológica y armónica entre virones –partículas víricas– del SARS-CoV-2 en el cuerpo humano.

Otro sentido podría darse cuando hablamos de aquellos confinados que estando en casa, aplauden solidariamente –en sentido isológico– a los sanitarios. Esta conducta podría ajustarse a la modulación 13 o 15. Habría que ver si los confinados que aplauden están confinados para evitar ser multados; o para preservar su vida corpórea (en sentido ético). Este último caso lo asociaríamos al modelo 15.

Ahora bien, si la situación que se da es aquella en la que los confinados, en solidaridad –también isológica– con otros confinados, denuncian a los que se saltan las normas estaríamos más bien en el modelo 14. Una solidaridad polémica de primer orden, en la medida en que cada parte solidaria se identifica de algún modo con todas las demás (aquel que se salta el confinamiento –porque para ellos, la libertad radica en eso, en querer salir y en hacerlo–, supone un ataque contra todos los demás que están confinados). Algunos de esos casos son los ocurridos en Nervión –Sevilla–; o en Cartagena, en el que vecinos alertaban a la policía de que el propietario de un gimnasio y tres clientes estaban entrenando a puerta cerrada. Otro caso similar giraba en torno a unos vecinos que no salían a aplaudir (a pesar de haber usado la sanidad española, decían “críticamente”) y sin embargo salían todos los días a pasear al perro durante más de 20 minutos. Estos vecinos, solidarios contra los que no aplaudían, propusieron solidarizarse con la policía para denunciarles. Ahora, el lema que parece insuflar el himno de la Unión europea será más bien: “separaos millones”. Sin necesidad, eso sí, de haber movido ni un ápice la “paz catártica” que de él se desprende y que algunos pretenden mostrarla como perpetua.

Diferente situación sería si es la policía la que, sin ser avisada por los confinados, se enfrenta a todo aquel que se salta las normas (salir a hacer deporte, ir en un vehículo con dos o más personas, o el grave atropello a un guardia civil en la A-42). Estamos ante un orden categorial-institucional que encajaría con el modelo 30 –una solidaridad heterológica/polémica–.

Pero también, dentro de este modelo, cabría preguntarse ¿acaso nuestra solidaridad, en la biocenosis, con el SARS-CoV-2 no es precisamente el principio de una enfermedad grave, cuyo tratamiento requiere precisamente destruir cuanto antes una solidaridad semejante? Efectivamente podríamos hablar de una solidaridad heterológica: la cohesión existente entre los sanitarios (compuesta de partes desiguales: médicos, enfermeros, anestesistas, limpiadores, etc.) que tratan de cuidar/frenar la expansión del SARS-CoV-2. Aquí la solidaridad de unos supone enfrentarse a la de otros (la solidaridad de los sanitarios contra la del SARS-CoV-2). Su carácter polémico tendría que ver con un antagonismo de segundo orden, como solidaridad propia de una biocenosis. Ahora bien, lo que impulsa a un sanitario a cuidar/tratar a un enfermo no es la solidaridad como tal, antes bien –como hemos indicado anteriormente– las motivaciones habría que buscarlas en las normas técnicas de su profesión, presión social, etc., porque, una vez eliminado ese saber técnico, podría ser contraproducente tratar de ayudar por solidaridad –puesto que se puede poner en peligro la vida de quien ayudas o la tuya misma–.

En el modelo 32 podríamos situar el caso de Alba Rico{3}. En un artículo publicado el 26 de marzo, que podríamos encuadrar en el plano de la solidaridad polémica-heterológica, afirma lo siguiente: “Hay una especie de pugna entre balcones linchadores y balcones solidarios que nos da la medida del mundo del que venimos. Se trata de un mundo insolidario, donde los vínculos colectivos estaban muy erosionados y donde no había un sujeto colectivo configurado que nos permitiera afrontar de manera colectiva lo que nos está pasando ahora”. El problema, creemos, es el hecho de atribuir un sentido positivo a la solidaridad, a saber, los solidarios no son linchadores. Como si los “balcones linchadores” no pudieran ser solidarios entre ellos.

Los últimos ejemplos remiten al modelo 31 (como solidaridad armómica). En ellos podemos incluir las declaraciones de Salvador Illa: “Es el momento de la solidaridad con Madrid. Hay que velar por la equidad y cohesión del Sistema Nacional de Salud y la mayor tensión, en estos momentos, se concentra en Madrid, región que nos llama a un movimiento de solidaridad”{4}. Más utópico y metafísico si cabe –en tanto que fundado en el “autós” (αὐτός), como causa sui–, es la especie de paz perpetua de Slavoj Žižek: “Pero quizás otro virus ideológico, y mucho más beneficioso, se propagará y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global.”{5} O la de nuestro presidente Pedro Sánchez, que, apelando a la responsabilidadde los autónomos, empresarios, etc., asegura que el Estado siempre les va a “proteger” y que no va a permitir que “nadie se quede atrás”; recurriendo para ello a una: “cadena de solidaridad entre empleados y empleadores, entre inquilinos y propietarios para superar cuanto antes esta crisis sanitaria y sus efectos en nuestra economía”{6}. Otro caso interesante a destacar es el de Adela Cortina y su idea de solidaridad desde la ética. Una idea entendida como tendencia de los individuos a mantener su amistad con otros individuos desde una especie de cohesión social: “Debemos recuperar el concepto de ‘amistad cívica’ de Aristóteles. Vivimos en un mundo demasiado polarizado, el enfrentamiento es constante, no hay diálogo sino batalla, los vínculos están rotos. Y no nos damos cuenta de lo importante que es la cohesión social hasta que llega una catástrofe como la que vivimos”.

Por otro lado, aunque dentro del modelo 31, nos encontramos con un artículo de Alejandro Torrús{7}, que asume las mismas coordenadas que Alba Rico (balcones solidarios/linchadores) dirá: “la emergencia ha puesto de manifiesto que el sector público, que la sanidad pública es una de nuestras escasas herramientas para hacer frente a la catástrofe y que es la sociedad organizada la que más rápidamente reacciona con solidaridad y cooperación para no dejar a ningún vecino en el camino.” En ese artículo se menciona las afirmaciones de la antropóloga Yayo Herrero. Hablando sobre una especie de “despertar comunitario” en torno a organizaciones vecinales, dirá: "la situación de emergencia ha generado una explosión de solidaridad muy importante y que no podemos dejar de destacar.” Y que nuestra autora, de alguna manera, busca que esta solidaridad se cristalice y se convierta en política pública –sin especificar de qué tipo de solidaridad hablamos.

En la línea de Žižek y Alba Rico, César Rendueles se mueve en ese mismo plano armónico en el que la solidaridad tiene una connotación positiva. Los “chivatos de balcón” -como él los llama- son un reto ante la explosión de solidaridad, y lo que habría que hacer es “encontrar alternativas no reaccionarias, no acusadoras para poder expresar esa necesidad de colaborar y de cohesión que todos sentimos en un momento como este”. En efecto, porque para dicho autor, las alternativas no reaccionarias son las únicas verdaderamente solidarias.

Para terminar con algunos ejemplos políticos dentro del modelo 31, podemos incluir a partidos parlamentarios europeos que se conciben a sí mismas como inspirados por la solidaridad. Un ejemplo de ello será la RPS (La Federación de Regiones y Pueblos Solidarios, en cuyos miembros se encuentran componentes de ERC o de PNV). Se trata de una federación de partidos políticos regionalistas o autonomistas, fundada en Francia en 1994 y afiliada a la Alianza Libre Europea (constituida con ideas abstractas como “conciencia europea” y “voluntad política”){8}.

Entre sus objetivos estaría el de dar paso a una sexta República federal y descentralizada. Buscan transformar lo que ellos llaman "naciones históricas", reclamándoles una identidad particular basada en la identidad lingüística para reconocerlas constitucionalmente, por su personalidad, y tener estatutos específicos adaptados a sus realidades. Este es el caso, en particular, de: Alsacia y Mosela, Bretaña, Cataluña, Córcega, Flandes, Occitania (todos los países occidentales), el País Vasco y Saboya{9}. Además partidos políticos como Unser Land, en la región francesa de Alsacia, luchan contra, lo que ellos consideran, presos políticos en Cataluña a raíz de lo ocurrido con el “referédum” de independencia.

En una de sus últimas propuestas ante la situación del COVID-19 manifiestan lo siguiente: “Lamentamos profundamente la falta de solidaridad entre los Estados miembros de la UE durante esta crisis, en particular con Italia, cuyas solicitudes de equipos médicos han quedado sin respuesta, y con España, que también está muy afectada por la situación actual. Pedimos a todos los estados miembros y a las instituciones de la UE que se coordinen con todos los demás estados europeos para garantizar la organización de la producción y el uso de equipos médicos de manera estratégica y eficiente, el intercambio de conocimiento y experiencia, apoyando la economía y manteniendo la libre circulación de bienes para limitar el riesgo de escasez de bienes esenciales.”{10}

“Nos preocupa –indican más adelante– que algunos Estados estén tratando de aprovechar políticamente la pandemia. Esta crisis no debe usarse como pretexto para superar los contrapoderes democráticos o los derechos sociales y laborales. Los gobiernos deben ser responsables y los poderes de emergencia deben aplicarse de buena fe.” Y al mismo tiempo que critican que algunos Estados se estén aprovechando de esta pandemia para trazar planes y programas, ponen sobre la mesa sus propios intereses: “queremos que esta crisis sea una oportunidad para desarrollar la integración europea, para una Europa más fuerte, más verde y más social” (obras son amores).

La idea de solidaridad que manejan queda encuadrada dentro del modelo 31: heterológica, normativa-armónica, porque oculta el rasgo polémico de sus propias peticiones. “Son «islas abstractas» que flotan en un mar de solidaridades polémicas”. Es curioso observar que estos grupos parlamentarios hacen referencia a “algunos Estados”; nada de las regiones o CCAA, que son las que verdaderamente han tratado de obstaculizar o han obstaculizado en España la centralización de la sanidad –tal y como han denunciado muchos sanitarios al ver que una gran cantidad de material y de hospitales quedasen paralizados en determinadas Comunidades–. Y lo han hecho, probablemente, por aquello de que la centralización equivale a franquismo –cuando las políticas centralizadoras existen desde la primera generación de izquierda (jacobina), pero también la liberal o marxista, por ejemplo–. La España centralizada, que muchos han criticado, puede ser en estos momentos, cuando lo superficial se ha puesto en jaque, –aquello engalanado con el espejismo del bienestar, diálogo y libertad en abstracto–, una solución ante la ineficacia de la descentralización o federación.

Por otro lado, continúan: “también instamos a los Estados miembros y a la UE a que se coordinen para planificar medidas firmes para evitar la pérdida masiva de empleos y estabilizar los ingresos de los trabajadores afectados por la crisis.” Pero claro, esto no puede hacerse desde la Europa que ellos ansían –que realmente es un Tratado y no una Constitución–. Pues en tal caso sería los mismos Estados los que, desde su soberanía, puedan trazar los planes y programas para que el golpe sea lo menos drástico posible.

Como ya indicaba Bueno en su artículo, no hay que perder de vista el carácter polémico que encierra la idea de solidaridad:

“la concepción de la solidaridad como una obligación o presión impuesta o emanada de la situación diamérica en la cual un grupo entra en relación con otros grupos; de donde se deduce la imposibilidad de la Idea límite «solidaridad entre todos los hombres» […] la solidaridad es, directamente, antes un concepto moral, de grupo o político, que un concepto ético […] una solidaridad de grupo entra en conflicto inmediatamente con otras solidaridades de otros grupos”.

Como se ha podido observar, no podemos admitir que la idea de solidaridad implique necesariamente un valor positivo, muchas veces asociado, no se sabe bajo qué fundamentos, a la sabiduría y a otras situaciones (como nos quiere hacer creer Žižek, o Alba Rico), sin tener en cuenta que hay tipos disyuntivos de solidaridad que puedan considerase incompatibles entre sí. Es preciso, creemos, tener que romper esa generalidad sustantivada, hipostasiada. La solidaridad sin más es no decir nada. Habría que recordar aquello que le decía Sócrates a Trasímaco acerca de la banda de ladrones{11}, pero ahora asociada a la idea de solidaridad. Es el escenario que se puede atribuir a Francia y Alemania, vista desde UE, al ser criticadas por la falta de solidaridad frente al coronavirus.

Es curioso observar cómo no se para de hablar de solidaridad en términos genéricos y al mismo tiempo comentar, aunque no era la medida más ideal –palabras de Fernando Simón–, que Madrid va a dejar de hacer pruebas a los pacientes con síntomas muy evidentes de SARS-CoV-2 para tratarlos como personas infectadas. Asimismo, estas personas no sumarán en las estadísticas del gobierno, y sólo añaden a los que sí se han hecho las pruebas y han dado positivo. Dando, como es evidente, menos casos de los existentes. Parece ser que España está solidarizándose con otros países –Francia, Alemania, y otros más. Están llevando medidas parecidas a la hora de contabilizar fallecidos. Si los fallecidos se dan fuera de los hospitales, no cuentan–. ¿Cómo determinar entonces qué población está en riesgo si no se están haciendo las pruebas del SARS-CoV-2, aún a pesar de tener claros casos de sintomatología vírica? ¿Cómo establecer tablas que permitan determinar por qué a unos les afecta el SARS-CoV-2 y a otros no? o ¿qué características tiene a quién no le afecta? ¿Cómo encontrar una vacuna si los planes trazados van en esta dirección?

No es que el SARS-CoV-2 haya destrozado a la UE, más bien ha puesto de manifiesto el espejismo que recorría Europa (a 15 años vista), a saber, que ni hay, ni ha habido una soberanía; ni hay ni ha habido una nación de naciones (expresión que el propio presidente del gobierno ha querido importar a la España de las 17 comunidades). Asistimos, eso sí, a una solidaridad que no va a ser gratis, sino que se mide, en nuestro caso, en euros, como son los ya pagados 432 millones que al parecer se han invertido en 550 millones de mascarillas y 5,5 millones de test{12}; de los cuales, según parece, muchos no son fiables.

Por tanto, el problema con el que nos encontramos al tratar la idea de solidaridad en términos genéricos y armónicos, reside precisamente en que, al tomarla en sentido unívoco –monolíticamente– se tiende a borrar, nivelar o ecualizar todos los modos o especies de dicha idea, y con ello, se estaría bloqueando un ajustado diagnóstico de la pandemia que estamos viviendo; que incorpora, guste o no, situaciones de solidaridad polémica, y que, de no tenerlas presente se caerá, creemos, en diagnósticos erróneos o desenfocados.

En definitiva, sólo nos queda recordar las palabras que los estoicos enseñaban y que Don Gustavo Bueno hizo suyas: “el universo mudanza; la vida firmeza”. Y añadimos, vida circunscrita a España.
Fuente: http://nodulo.org/ec/2020/n191p27.htm
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Alexandre Xavier
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Re: Coronavirus y el mito de la solidaridad

Mensaje por Alexandre Xavier »

¿Te has leído entero el último y corto mensaje que he escrito en este hilo?
Daniel Fernández Hernández escribió:El Catoblepas · número 191 · primavera 2020 · página 27
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Coronavirus y el mito de la solidaridad
Daniel Fernández Hernández
Trituración filosófica de la idea de solidaridad tal y como se está empleando en estos tiempos de pandemia



En muchos de los periódicos o noticiarios televisados leemos u oímos con notable proliferación el término solidaridad. Ahora bien, ¿qué se está queriendo decir con ello? Esta pregunta es planteada al observar el uso indiscriminado que se hace de dicha idea, que, por lo general, se presenta en abstracto, eliminando en muchos de los casos aquellos componentes polémicos que incorpora para quedarse con algunos puramente armónicos.

A continuación, se desarrollará una crítica a la filosofía monista de la solidaridad que inunda nuestros días en un momento tan decisivo y complicado de nuestra historia, con frases como: “la solidaridad mata al virus”, “sé solidario”, “son días en los que la solidaridad crece”, “explosión de solidaridad”, “la solidaridad es la ternura de los pueblos”. El sentido crítico viene precisamente de la aplicación de una clasificación, en nuestro caso, establecida ya desde el materialismo filosófico, a fin de mostrar tipos disyuntivos de solidaridad que puedan considerase incompatibles entre sí.

Alguno de los aspectos que se van a plantear intersecan con muchas de las cuestiones que ya han sido planteadas por otros autores de la escuela. Esto podrá ser visto como una debilidad. Sin embargo, lo que realmente demuestra, a nuestro juicio, es cómo trabaja una escuela, a saber, desde un sistema filosófico que permite analizar las distintas escalas que conforman la “realidad”. No todos estarán de acuerdo plenamente con lo que se dice, pero se trabaja con capacidad suficiente para salir al paso ante una realidad in fecta como la que estamos viviendo, que, por desgracia, asola todo el planeta. Asimismo, lo que aquí se realiza no es mera improvisación dando palos de ciego como han hecho algunos intelectuales o dirigentes ante lo que se les ha venido encima. Si han dado palos de ciego, creemos, es porque no disponen de un mapa de coordenadas desde el que trazar los planes y programas, sino que van saliendo al paso desbrozando lo que se les presente, sin un criterio bien establecido; quitando tanto rastrojos como frutos.

Lo que se analizará, por tanto, es la solidaridad como idea filosófica. Idea que recorre todo el mundo, aunque claro, de maneras diferentes. Pero nos llama especialmente la atención Europa, por ser la más duramente castigada hasta hoy; y nos llama la atención porque lleva arrastrando consigo componentes contradictorios durante los 15 años que llevamos después de aprobarse el Tratado europeo –Tratado, que no Constitución–.

Por lo que, no nos dirigimos contra las conductas que se presentan fenoménicamente solidarias. Sólo un loco podría considerar que muchas de las conductas normativas de generosidad y firmeza que se están llevando a cabo estos días entre ciertas partes a otras puedan ser tildadas de inútiles, inservibles o ridículas. Conductas, no hay que olvidar, han sido moldeadas dentro de unas costumbres determinadas –morales diríamos–, implantadas políticamente –a escala estatal–.

Sin embargo, la solidaridad se dice de muchas maneras. Nosotros, desde una perspectiva materialista, sostenemos que la solidaridad tiene sentido cuando queda incardinada dentro de parámetros grupales (diaméricos), es decir, cuando va referida a grupos –o partes– enfrentados en torno a un tercero (solidaridad polémica, diríamos), o, en el límite, todos los seres humanos luchando contra un tercero, en nuestro caso, contra la expansión del SARS-CoV-2 (o más conocido como coronavirus o COVID-19). Solidaridad que no negamos.

El problema comienza, creemos, cuando la idea de solidaridad se extiende de manera genérica a otros terrenos, por ejemplo, a lo económico, político, sin especificar parámetro alguno, incluso religioso –hay quien pretende hacer frente al coronavirus desde la fe. Para ello se recurre a estampitas o amuletos religiosos. Así se ha mostrado, por ejemplo, Andrés Manuel López Obrador actual presidente de Méjico–. Una vez desbordado el campo epidemiológico, biológico o estrictamente sanitario si se quiere –técnicas operatorias para evitar, cuidar, frenar la expansión o para curar a los enfermos– se suele desdibujar, con mucha facilidad, el concepto de solidaridad.

La idea de solidaridad, de manera muy breve, aparece acuñada por Pedro Leroux (1797-1871) alrededor de 1836, aunque ya era usada por otros autores en otros contextos (Cournot, Donoso Cortés, Comte, Durkheim). El objetivo de Leroux, según nos indica el propio autor, fue sustituir la caridad cristiana por una solidaridad humana. Una solidaridad de carácter jurídico, no obstante, destilando un claro armonismo entre todos los hombres. Armonismo que supone una reducción a la perspectiva de la cohesión entre las partes del todo. De manera similar, aunque matizable, aparece en autores como León Bourgeois, cuyo fundamento tendrá que ver con la naturaleza de una deuda legal (que no solo moral). Solidaridad que irá extendiéndose a través de la sociología positivista o de la psicología. Esta última apelará a un “sentimiento de solidaridad” inscrito, como un imperativo categórico, en el corazón de los ciudadanos; o por poner un ejemplo reciente antes indicado: “la solidaridad es la ternura de los pueblos”.


En este período, en el que Leroux acuña la idea de solidaridad, aparece también otro autor importante para lo que aquí nos incumbe, a saber, Juan Snow (1813-1858). Snow desarrolló la epidemiología al encontrar las causas del cólera –ésta se transmite por las heces– logrando frenar una epidemia. De lo que se trataba era de determinar qué tipo de población estaba en riesgo. En resumidas cuentas, trató de establecer qué determinantes estaban actuando en algunas poblaciones para contraer o no enfermedades. Tarea que llevó a cabo con tablas de expuestos/no expuestos, haciendo trabajo de campo (diría la sociología){1}.

Mostraremos aquí algunos ejemplos que encajarían dentro de las 32 modulaciones de la idea de solidaridad que Bueno desarrolló en su artículo: Proyecto para una trituración de la Idea general de Solidaridad (2004){2}. Señalaremos las más comunes en estos días, que se mueven principalmente, aunque no de manera exclusiva, en la categoría humanística.

Un ejemplo de ello sería el epidemiólogo que está en el laboratorio describiendo las causas de la transmisión del SARS-CoV-2, analizando cómo penetra el coronavirus en las células humanas consiguiendo infectarlas. Infección vírica producida porque estaría inhibiendo la respuesta de defensa del hospedador. Al parecer, esto ocurre cuando la proteína vírica se une a la ACE2 (según se ha publicado en la revista Science). Estaríamos ante una modulación de la solidaridad que podría inscribirse en el cuadro (10); solidaridad categorial (epidemiológica) neutral, que recae sobre la cohesión isológica y armónica entre virones –partículas víricas– del SARS-CoV-2 en el cuerpo humano.

Otro sentido podría darse cuando hablamos de aquellos confinados que estando en casa, aplauden solidariamente –en sentido isológico– a los sanitarios. Esta conducta podría ajustarse a la modulación 13 o 15. Habría que ver si los confinados que aplauden están confinados para evitar ser multados; o para preservar su vida corpórea (en sentido ético). Este último caso lo asociaríamos al modelo 15.

Ahora bien, si la situación que se da es aquella en la que los confinados, en solidaridad –también isológica– con otros confinados, denuncian a los que se saltan las normas estaríamos más bien en el modelo 14. Una solidaridad polémica de primer orden, en la medida en que cada parte solidaria se identifica de algún modo con todas las demás (aquel que se salta el confinamiento –porque para ellos, la libertad radica en eso, en querer salir y en hacerlo–, supone un ataque contra todos los demás que están confinados). Algunos de esos casos son los ocurridos en Nervión –Sevilla–; o en Cartagena, en el que vecinos alertaban a la policía de que el propietario de un gimnasio y tres clientes estaban entrenando a puerta cerrada. Otro caso similar giraba en torno a unos vecinos que no salían a aplaudir (a pesar de haber usado la sanidad española, decían “críticamente”) y sin embargo salían todos los días a pasear al perro durante más de 20 minutos. Estos vecinos, solidarios contra los que no aplaudían, propusieron solidarizarse con la policía para denunciarles. Ahora, el lema que parece insuflar el himno de la Unión europea será más bien: “separaos millones”. Sin necesidad, eso sí, de haber movido ni un ápice la “paz catártica” que de él se desprende y que algunos pretenden mostrarla como perpetua.

Diferente situación sería si es la policía la que, sin ser avisada por los confinados, se enfrenta a todo aquel que se salta las normas (salir a hacer deporte, ir en un vehículo con dos o más personas, o el grave atropello a un guardia civil en la A-42). Estamos ante un orden categorial-institucional que encajaría con el modelo 30 –una solidaridad heterológica/polémica–.

Pero también, dentro de este modelo, cabría preguntarse ¿acaso nuestra solidaridad, en la biocenosis, con el SARS-CoV-2 no es precisamente el principio de una enfermedad grave, cuyo tratamiento requiere precisamente destruir cuanto antes una solidaridad semejante? Efectivamente podríamos hablar de una solidaridad heterológica: la cohesión existente entre los sanitarios (compuesta de partes desiguales: médicos, enfermeros, anestesistas, limpiadores, etc.) que tratan de cuidar/frenar la expansión del SARS-CoV-2. Aquí la solidaridad de unos supone enfrentarse a la de otros (la solidaridad de los sanitarios contra la del SARS-CoV-2). Su carácter polémico tendría que ver con un antagonismo de segundo orden, como solidaridad propia de una biocenosis. Ahora bien, lo que impulsa a un sanitario a cuidar/tratar a un enfermo no es la solidaridad como tal, antes bien –como hemos indicado anteriormente– las motivaciones habría que buscarlas en las normas técnicas de su profesión, presión social, etc., porque, una vez eliminado ese saber técnico, podría ser contraproducente tratar de ayudar por solidaridad –puesto que se puede poner en peligro la vida de quien ayudas o la tuya misma–.

En el modelo 32 podríamos situar el caso de Alba Rico{3}. En un artículo publicado el 26 de marzo, que podríamos encuadrar en el plano de la solidaridad polémica-heterológica, afirma lo siguiente: “Hay una especie de pugna entre balcones linchadores y balcones solidarios que nos da la medida del mundo del que venimos. Se trata de un mundo insolidario, donde los vínculos colectivos estaban muy erosionados y donde no había un sujeto colectivo configurado que nos permitiera afrontar de manera colectiva lo que nos está pasando ahora”. El problema, creemos, es el hecho de atribuir un sentido positivo a la solidaridad, a saber, los solidarios no son linchadores. Como si los “balcones linchadores” no pudieran ser solidarios entre ellos.

Los últimos ejemplos remiten al modelo 31 (como solidaridad armómica). En ellos podemos incluir las declaraciones de Salvador Illa: “Es el momento de la solidaridad con Madrid. Hay que velar por la equidad y cohesión del Sistema Nacional de Salud y la mayor tensión, en estos momentos, se concentra en Madrid, región que nos llama a un movimiento de solidaridad”{4}. Más utópico y metafísico si cabe –en tanto que fundado en el “autós” (αὐτός), como causa sui–, es la especie de paz perpetua de Slavoj Žižek: “Pero quizás otro virus ideológico, y mucho más beneficioso, se propagará y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global.”{5} O la de nuestro presidente Pedro Sánchez, que, apelando a la responsabilidadde los autónomos, empresarios, etc., asegura que el Estado siempre les va a “proteger” y que no va a permitir que “nadie se quede atrás”; recurriendo para ello a una: “cadena de solidaridad entre empleados y empleadores, entre inquilinos y propietarios para superar cuanto antes esta crisis sanitaria y sus efectos en nuestra economía”{6}. Otro caso interesante a destacar es el de Adela Cortina y su idea de solidaridad desde la ética. Una idea entendida como tendencia de los individuos a mantener su amistad con otros individuos desde una especie de cohesión social: “Debemos recuperar el concepto de ‘amistad cívica’ de Aristóteles. Vivimos en un mundo demasiado polarizado, el enfrentamiento es constante, no hay diálogo sino batalla, los vínculos están rotos. Y no nos damos cuenta de lo importante que es la cohesión social hasta que llega una catástrofe como la que vivimos”.

Por otro lado, aunque dentro del modelo 31, nos encontramos con un artículo de Alejandro Torrús{7}, que asume las mismas coordenadas que Alba Rico (balcones solidarios/linchadores) dirá: “la emergencia ha puesto de manifiesto que el sector público, que la sanidad pública es una de nuestras escasas herramientas para hacer frente a la catástrofe y que es la sociedad organizada la que más rápidamente reacciona con solidaridad y cooperación para no dejar a ningún vecino en el camino.” En ese artículo se mencionan las afirmaciones de la antropóloga Yayo Herrero. Hablando sobre una especie de “despertar comunitario” en torno a organizaciones vecinales, dirá: "la situación de emergencia ha generado una explosión de solidaridad muy importante y que no podemos dejar de destacar.” Y que nuestra autora, de alguna manera, busca que esta solidaridad se cristalice y se convierta en política pública –sin especificar de qué tipo de solidaridad hablamos.

En la línea de Žižek y Alba Rico, César Rendueles se mueve en ese mismo plano armónico en el que la solidaridad tiene una connotación positiva. Los “chivatos de balcón” -como él los llama- son un reto ante la explosión de solidaridad, y lo que habría que hacer es “encontrar alternativas no reaccionarias, no acusadoras para poder expresar esa necesidad de colaborar y de cohesión que todos sentimos en un momento como este”. En efecto, porque para dicho autor, las alternativas no reaccionarias son las únicas verdaderamente solidarias.

Para terminar con algunos ejemplos políticos dentro del modelo 31, podemos incluir a partidos parlamentarios europeos que se conciben a sí mismos como inspirados por la solidaridad. Un ejemplo de ello será la RPS (La Federación de Regiones y Pueblos Solidarios, en cuyos miembros se encuentran componentes de ERC o de PNV). Se trata de una federación de partidos políticos regionalistas o autonomistas, fundada en Francia en 1994 y afiliada a la Alianza Libre Europea (constituida con ideas abstractas como “conciencia europea” y “voluntad política”){8}.

Entre sus objetivos estaría el de dar paso a una sexta República federal y descentralizada. Buscan transformar lo que ellos llaman "naciones históricas", reclamándoles una identidad particular basada en la identidad lingüística para reconocerlas constitucionalmente, por su personalidad, y tener estatutos específicos adaptados a sus realidades. Este es el caso, en particular, de: Alsacia y Mosela, Bretaña, Cataluña, Córcega, Flandes, Occitania (todos los países occidentales), el País Vasco y Saboya{9}. Además partidos políticos como Unser Land, en la región francesa de Alsacia, luchan contra, lo que ellos consideran, presos políticos en Cataluña a raíz de lo ocurrido con el “referéndum” de independencia.

En una de sus últimas propuestas ante la situación del COVID-19 manifiestan lo siguiente: “Lamentamos profundamente la falta de solidaridad entre los Estados miembros de la UE durante esta crisis, en particular con Italia, cuyas solicitudes de equipos médicos han quedado sin respuesta, y con España, que también está muy afectada por la situación actual. Pedimos a todos los estados miembros y a las instituciones de la UE que se coordinen con todos los demás estados europeos para garantizar la organización de la producción y el uso de equipos médicos de manera estratégica y eficiente, el intercambio de conocimiento y experiencia, apoyando la economía y manteniendo la libre circulación de bienes para limitar el riesgo de escasez de bienes esenciales.”{10}

Nos preocupa –indican más adelante– que algunos Estados estén tratando de aprovechar políticamente la pandemia. Esta crisis no debe usarse como pretexto para superar los contrapoderes democráticos o los derechos sociales y laborales. Los gobiernos deben ser responsables y los poderes de emergencia deben aplicarse de buena fe.” Y al mismo tiempo que critican que algunos Estados se estén aprovechando de esta pandemia para trazar planes y programas, ponen sobre la mesa sus propios intereses: “queremos que esta crisis sea una oportunidad para desarrollar la integración europea, para una Europa más fuerte, más verde y más social” (obras son amores).

La idea de solidaridad que manejan queda encuadrada dentro del modelo 31: heterológica, normativa-armónica, porque oculta el rasgo polémico de sus propias peticiones. “Son «islas abstractas» que flotan en un mar de solidaridades polémicas”. Es curioso observar que estos grupos parlamentarios hacen referencia a “algunos Estados”; nada de las regiones o CCAA, que son las que verdaderamente han tratado de obstaculizar o han obstaculizado en España la centralización de la sanidad –tal y como han denunciado muchos sanitarios al ver que una gran cantidad de material y de hospitales quedasen paralizados en determinadas Comunidades–. Y lo han hecho, probablemente, por aquello de que la centralización equivale a franquismo –cuando las políticas centralizadoras existen desde la primera generación de izquierda (jacobina), pero también la liberal o marxista, por ejemplo–. La España centralizada, que muchos han criticado, puede ser en estos momentos, cuando lo superficial se ha puesto en jaque, –aquello engalanado con el espejismo del bienestar, diálogo y libertad en abstracto–, una solución ante la ineficacia de la descentralización o federación.

Por otro lado, continúan: “también instamos a los Estados miembros y a la UE a que se coordinen para planificar medidas firmes para evitar la pérdida masiva de empleos y estabilizar los ingresos de los trabajadores afectados por la crisis.” Pero claro, esto no puede hacerse desde la Europa que ellos ansían –que realmente es un Tratado y no una Constitución–. Pues en tal caso sería los mismos Estados los que, desde su soberanía, puedan trazar los planes y programas para que el golpe sea lo menos drástico posible.

Como ya indicaba Bueno en su artículo, no hay que perder de vista el carácter polémico que encierra la idea de solidaridad:

“la concepción de la solidaridad como una obligación o presión impuesta o emanada de la situación diamérica en la cual un grupo entra en relación con otros grupos; de donde se deduce la imposibilidad de la Idea límite «solidaridad entre todos los hombres» […] la solidaridad es, directamente, antes un concepto moral, de grupo o político, que un concepto ético […] una solidaridad de grupo entra en conflicto inmediatamente con otras solidaridades de otros grupos”.

Como se ha podido observar, no podemos admitir que la idea de solidaridad implique necesariamente un valor positivo, muchas veces asociado, no se sabe bajo qué fundamentos, a la sabiduría y a otras situaciones (como nos quiere hacer creer Žižek, o Alba Rico), sin tener en cuenta que hay tipos disyuntivos de solidaridad que puedan considerase incompatibles entre sí. Es preciso, creemos, tener que romper esa generalidad sustantivada, hipostasiada. La solidaridad sin más es no decir nada. Habría que recordar aquello que le decía Sócrates a Trasímaco acerca de la banda de ladrones{11}, pero ahora asociada a la idea de solidaridad. Es el escenario que se puede atribuir a Francia y Alemania, vista desde UE, al ser criticadas por la falta de solidaridad frente al coronavirus.

Es curioso observar cómo no se para de hablar de solidaridad en términos genéricos y al mismo tiempo comentar, aunque no era la medida más ideal –palabras de Fernando Simón–, que Madrid va a dejar de hacer pruebas a los pacientes con síntomas muy evidentes de SARS-CoV-2 para tratarlos como personas infectadas. Asimismo, estas personas no sumarán en las estadísticas del gobierno, y sólo añaden a los que sí se han hecho las pruebas y han dado positivo. Dando, como es evidente, menos casos de los existentes. Parece ser que España está solidarizándose con otros países –Francia, Alemania, y otros más. Están llevando medidas parecidas a la hora de contabilizar fallecidos. Si los fallecidos se dan fuera de los hospitales, no cuentan–. ¿Cómo determinar entonces qué población está en riesgo si no se están haciendo las pruebas del SARS-CoV-2, aún a pesar de tener claros casos de sintomatología vírica? ¿Cómo establecer tablas que permitan determinar por qué a unos les afecta el SARS-CoV-2 y a otros no? o ¿qué características tiene a quién no le afecta? ¿Cómo encontrar una vacuna si los planes trazados van en esta dirección?

No es que el SARS-CoV-2 haya destrozado a la UE, más bien ha puesto de manifiesto el espejismo que recorría Europa (a 15 años vista), a saber, que ni hay, ni ha habido una soberanía; ni hay ni ha habido una nación de naciones (expresión que el propio presidente del gobierno ha querido importar a la España de las 17 comunidades). Asistimos, eso sí, a una solidaridad que no va a ser gratis, sino que se mide, en nuestro caso, en euros, como son los ya pagados 432 millones que al parecer se han invertido en 550 millones de mascarillas y 5,5 millones de test{12}; de los cuales, según parece, muchos no son fiables.

Por tanto, el problema con el que nos encontramos al tratar la idea de solidaridad en términos genéricos y armónicos, reside precisamente en que, al tomarla en sentido unívoco –monolíticamente– se tiende a borrar, nivelar o ecualizar todos los modos o especies de dicha idea, y con ello, se estaría bloqueando un ajustado diagnóstico de la pandemia que estamos viviendo; que incorpora, guste o no, situaciones de solidaridad polémica, y que, de no tenerlas presente se caerá, creemos, en diagnósticos erróneos o desenfocados.

En definitiva, sólo nos queda recordar las palabras que los estoicos enseñaban y que Don Gustavo Bueno hizo suyas: “el universo mudanza; la vida firmeza”. Y añadimos, vida circunscrita a España.

Madrid, sábado 28 de marzo 2020

——

{1} Animo a quien no haya visto el vídeo de Lino Campubrí, que así lo haga.

{2} Gustavo Bueno, “Proyecto para una trituración de la Idea general de Solidaridad”, EC 26:2, abril 2004.

{3} “Alba Rico: “El discurso bélico…”, Público, 26 marzo 2020.

{4} “Salvador Illa pide solidaridad…”, Madrid Diario, 24 marzo 2020.

{5} “Slavoj Žižek: Coronavirus is ‘Kill Bill’…, RT, 27 febrero 2020.

{6} “Pedro Sánchez apela a una ‘cadena de solidaridad’…, El Plural, 17 marzo 2020.

{7} “Estado de alarma, o cómo lograr el equilibrio…”, Público, 27 marzo 2020.

{8} Tal y como se recoge en el Artículo 138 A del Tratado de la Unión europea de 1992.

{9} “Organisation de l'état et services publics…”, Regions el Peuples Solidaires, 27 febrero 2019.

{10} “COVID-19: Nous devons lutter ensemble”, europeecologie.eu, 26 marzo 2020.

{11} Platón, La República, 351 c-d

{12} “El Gobierno cierra con China la compra de materiales por 432 millones…”, Público, 25 marzo 2020.

Fuente: http://nodulo.org/ec/2020/n191p27.htm

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«Si»
Veamos, Serge.
En el primer mensaje de este hilo, Coronavirus y el mito de la solidaridad, citas entero, casi sin comentarios (salvo tu brevísima firma) el artículo que vuelvo a citar íntegro en este mensaje.
Como en filosofía la forma implica al fondo, aquí tendremos una excelente ocasión de verlo.
Tu hilo, desde que lo has creado hace unos dos meses hasta hoy, solamente ha tenido un mensaje, o sea el tuyo propio, el mensaje inicial.
Y la razón es de cajón: la calidad argumentativa del mensaje, junto a la ausencia de impromperios personales, pone tan en evidencia (por contraste) la trapacera conducta típica en este foro... que ahuyenta a los malandrines.
Esos malandrines, además, no dudarían, en el dudoso caso de responder, en alegar que el artículo es un rollo, con demasiada paja, que me he cansado de leer después de las primeras cuatro líneas. O sea, que nos confesarían de nuevo su feo vicio: la alergia a la lectura.
Y hay más, ahora referido a tu significativo lapsus al citar este artículo.

El Catoblepas es una clásica revista de los gustavobuenistas o materialistas filosóficos de la simploqué. Esta escuela filosófica, ya desde su fundador Gustavo Bueno, El Basilisco, rechazaba con firmeza la vileza y la cobardía del seudónimo. Por eso El Basilisco, a lo largo de su copiosa producción, jamás escribió o dijo nada con seudónimo o máscara. También se llama El Basilisco a otra revista fundada por Gustavo Bueno; de ahí (y de la iracundia caracterial que padecía este filósofo asturiano) el mote de sus alumnos, adversarios o incluso admiradores: El Basilisco.
No puedes publicar en El Catoblepas o en El Basilisco un artículo firmando como Serge. No te lo admitirían, porque no te llamas así, y harían muy bien. Lo mismo vale aquí para embozados como Elansab, Criptón, Manuel B., Edu, Jbell, Gaav y tantos otros. Martesk podría escribir ahí, pero con su verdadero nombre, o sea Israel Simó.
Y aquí incide tu significativo lapsus froidiano; recordemos que la pronunciación de Freud es Froid.
Citas entero el extenso artículo... mas omites el nombre de su autor, como si el artículo fuera anónimo.
Sin embargo, aparece bien clarito al principio, y su anodina composición de nombre y apellidos comunísimos en castellano indica meridianamente que aquí, de seudónimo, nada. Es su nombre real: Daniel Fernández Hernández.
Es mucho lo que me separa del Basilisco y de su escuela, empezando por mi rechazo radical de la pena de muerte, fervorosamente preconizada por los gustavobuenistas como indiscutible dogma de fe. Ahora bien, su probidad al dar la cara, al documentarse y al no caer en la miseria de la brevedad a toda costa, muestra cosas dignas de elogio.
Necesitamos, en el foro Sofos Ágora o en otros foros de filosofía, algo así. Naturalmente que sin los defectos del gustavobuenismo; para empezar sin su censura de ideas, que hace imposible, por ejemplo, publicar en alguno de sus medios un artículo o ensayo contra la pena de muerte, por sereno y bien argumentado que esté. Un foro serio de filosofía permitirá publicar ensayos a favor de la pena de muerte o, como en mi caso, totalmente en contra; pero, siempre, con nombre real, sin ataques personales y sin dar ni la más mínima concesión a la alergia a la lectura. Si tienen que ser tres líneas en el artículo o ensayo sobre la pena de muerte, como si tienen que ser tres mil; lo que importa aquí no es la cantidad, sino la calidad.
Tomemos lo mucho de bueno que tiene el materialismo filosófico de la simploqué (el gustavobuenismo) y rechacemos lo mucho que tiene de malo.
Todo esto se resumiría así: claridad siempre, sin ambigüedad hipócrita, y empatía hacia las razones distintas a la razón de uno mismo.
Y lo primero... es el individuo real. Por eso la pena de muerte es la máxima expresión de la barbarie social; no puede ser aceptada filosóficamente de ningún modo.
Bueno: esto es la filosofía, chicos. Discutid libremente lo que acabo de soltar.
Mas me parece que os caerá demasiado gordo como para discutirlo. Igual que os ha caído, ya, demasiado gordo el artículo original de Daniel Fernández Hernández. Y por eso no habéis piado sobre su contenido.

- Oye, Alexandre: que el gustavobuenismo tiene muchísimo de siniestra secta fascista en vez de verdadera escuela filosófica.
- ¿Y quién lo ha negado? Yo, desde luego, siempre he reconocido eso. Los gustavobuenistas, casi siempre, se limitan a perorar y exigir acatamiento a sus dogmas; muy rara vez los oirás tomándose en serio las críticas que les hagan. Lo que pretendemos los libertarios es rechazar la abundante escoria que flota en el gustavobuenismo, tomando lo acertado que tiene en contenidos y procedimientos. Uno de esos procedimientos, significativamente, es el respeto a la ortografía y la gramática del castellano. Por eso mi nueva cita de ese artículo entero corrige, sin miramientos, las escasas erratas en el texto publicado por Daniel Fernández Hernández.
Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo, correo electrónico trigrupo @ yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es). La imagen del avatar gráfico es una fotografía que me identifica realmente, no retocada, tomada en septiembre del año 2017.
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Tachikomaia
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Re: Coronavirus y el mito de la solidaridad

Mensaje por Tachikomaia »

"solamente ha tenido un mensaje, o sea el tuyo propio, el mensaje inicial.
Y la razón es de cajón: la calidad argumentativa del mensaje"

Razonando mal como te decía Edu. Es por el largo del mensaje. Aunque sí podrían haber respondido sin leer todo, no sé.
Si no puedes hacerlo, intenta primero hacer algo más simple aunque similar.
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